Al paso alegre de la paz
Titulo: Al paso alegre de la paz
Autor: Luis Otero
Editorial: Plaza y Janés
Luis Otero es autor de varios libros donde retrata la educación que se daba en España durante los años de la dictadura. Compré este libro cuando tenía 15 o 16 años, durante una etapa en la que me interesaba mucho cualquier información sobre esos años y sobre la Guerra Civil. A otros adolescentes les daba por ir a discotecas, a mi por la política e historia. Todo tendrá sus pros y contras
Durante esos años leí “El florido pensil”, de Andres Sopena (cuya adaptación teatral, acaba de volver a Madrid hace unos dias o semanas), y “Mi mamá me mima”, de Luis Otero. Despues, compré este “Al paso alegre de la paz”, pero no lo he leido hasta ahora.
El libro se compone de multitud de fragmentos de libros de la época, junto con ilustraciones, y comentarios que el autor hace sobre ellos, intercalando también su propia experiencia. La verdad es que tiene partes muy divertidas.
A cada página te sorprendes más de lo que se les podía decir a los niños durante su educación. Evidentemente, todo giraba en torno a Dios y a la Patria. La obsesión por las buenas formas y la apariencia, llega hasta el extremo de recomendar buenas posturas para dormir, por si la muerte te sorprende mientras duermes, para que a la mañana siguiente te encuentren bien colocado. También, cosas tan ridículas como decir que a Azaña (presidente de la II República), un día le pusieron de castigo darle un beso a su madre. Se supone que era tan malo, que no la quería.
Copio y pego de la contraportada:
De la España de postguerra pocas cosas perduran con tanta fuerza como la perplejidad de unos colegiales hambrientos y abrumados ante aquel singular universo moral e ideológico de afirmación nacional, impregnado de gestas imperiales y encendidas proclamas pedagógicas de dudosa eficacia. “Al paso alegre de la paz”, con su humor irresistible, relata las luces y las sombras de toda esa época, recreada a través de una nostalgia agridulce, a la vez trágica y cómica, salpicada de amables evocaciones pero también de absurdos, dificultades y desgarros que, a la postre, nos permiten comprendernos mejor, tal vez porque por fin hemos empezado a reirnos de todo, principalmente de nosotros mismos.


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